Plaza Independencia VII

Los jóvenes de ayer, adultos de hoy recordarán con grata nostalgia a la Plaza Independencia que el alcalde Humberto Velasco Avilés, desnudó de árboles y hasta de la pérgola Abundio Martínez, que fue demolida en la remodelación que emprendió a principios del año de 1961, cuyo objetivo fue el darle majestuosidad a la gran torre del Reloj.

En efecto, la plancha de aquel espacio citadino fue cubierta con adoquín rosado, interrumpido por simétricos prados dispuestos geométricamente, el del norte dotado con una gran asta bandera y el del sur por un escudo del Estado en metal y un calendario actualizado diariamente con la fecha correspondiente, en tanto que en las aceras oriente y poniente, cuatro prados, dos por lado, dejaban una amplia entrecalle apenas adornada con banquetas de acero y granito.

¡Ah…esa plaza de nuestros ayeres!, obligado paso para quienes estudiábamos en el antiguo espacio universitario de Abasolo, centro comercial donde lo mismo podían adquirirse libros, que discos, ropa o regalos, medicinas o dulces, asiento de los más frecuentados cafés o neverías, que brindaban también el servicio de restaurantes.

Poco antes de arribar a la plaza se encontraban en la calle de Matamoros, “El Casino Español”, recinto de uno de los salones y restaurantes más frecuentados en aquellos años, a unos metros se situaba otro restaurante, de “La Fogata”, donde doña Licha Márquez, deleitaba a los comensales con suculentos platillos de su autoría y por cierto, se expendía un extraordinario café. Cómo olvidar las cenas que organizaban algunos grupos masónicos después de sus tenidas, o las reuniones que los miembros del Centro Hidalguense de Investigaciones Históricas, realizaban en aquel lugar después de sus acostumbradas sesiones sabatinas.

Más adelante, en la esquina de Matamoros con Leandro Valle, estaba “La Blanca” un muy buen restaurante, propiedad de la familia Juárez, que daba asilo todas las tardes a los empedernidos jugadores de ajedrez, mientras saboreaban un aromático café, acompañado de algún panecillo o galletas. En la misma acera después de cruzar la calle de Leandro Valle, se encontraba la nevería Kiko´s, refugio de estudiantes y enamorados que aprovechaban la quietud del salón en los gabinetes del fondo para brindarse mutuamente caricias y apasionados besos, ya que no se les interrumpía mientras no llamaran a las meseras. Un buen tiempo este restaurante fue atendido por doña Pilar Martínez, hacendosa dama que gozaba de un peculiar toque culinario, independientemente de su afable trato con todos los comensales.

En la esquina de Ocampo y la Plaza, aunque algún tiempo estuvo al principio de la calle de Zaragoza, se encontraba el café “Coatepec” atendido por un señor de apellido Castro, donde se expendía café veracruzano, pero ante todo unas exquisitas tortas compuestas, que eran acompañadas de un refresco de manzana, embotellado en Coatepec Veracruz.

Aunque ya no ubicados en la Plaza, pero si conectados con ella, se encontraban dos cafés-nevería más, a la mitad de Zaragoza el Café Literario del cirujano dentista Carlos Olguín Vargas –llamado por sus muchos amigos “El Muelero”– sitio donde en medio de libros y música selecta, se presentaban obras teatrales o se realizaban sesiones de lectura abierta; el otro fue el famoso café Niza, situado en los altos de un edificio de las calles de Doria, que sin duda era el lugar al que más concurrían los estudiantes, atendido por aquel gentil hombre Luis Arce, que llegado de Tulancingo tuvo un extraordinario éxito.

El periplo se cerraba con la tortería “El Cochinito” que se encontraba detrás del cine Reforma en la calle de Allende. Pero tampoco habrán de olvidarse, la cantina de los billares “El Paraíso” donde se vendían enormes tortas compuestas y a una cuadra de allí en la calle de Guerrero, junto a la entrada del cine Alameda, se encontraba la taquería “La Feria”, última visita de los trasnochadores ya que cerraba a las 5 de la mañana. A un lado se ubicaba el famoso restaurante “El Rinconcito” pequeño recinto regularmente visitado al salir de las funciones de cine, en el que se decía que “Cristi” su propietaria, había sido la inventora de las riquísimas tulancingueñas –que nada tienen que ver con Tulancingo– constituidas ya en un auténtico manjar pachuqueño.
El frecuentado café del Señor Viornery, ubicado en el edificio Reforma del lado de la calle de Gabino Barreda –cerca de donde se ubicaba el negocio del Señor Rojo, mejor conocido como Casa Capeto–, el bar de “Los Baños” en Matamoros, las cantinas de “El Talín” y “El Toluco” –en la calle de Allende y en los bajos del Hotel Greenfell, respectivamente–, pasan lista en los recuerdos y con ellas aquel restaurante de postín que Reynaldo Rivera abriera a principios de los 70 en el sótano de un edificio ubicado en la esquina de Allende y la Plaza, llamado “El Riv´s” donde su propietario mismo amenizaba el ambiente tocando piano u órgano. Todo lo anterior además de la multitud de negocios ubicados en el Edificio Reforma de los que nos encargaremos en una entrega posterior.

También habrá ocasión de abordar otros temas relacionados con la plaza y su comercio, baste ahora con rememorar aquel enorme espacio donde el único objeto destacado era la torre del Reloj, sitio privilegiado para los pachuqueños que hicimos de aquel lugar nuestro segundo hogar, el patio donde se conjugaron anhelos y esperanzas con entretenimiento y auténtico goce juvenil.

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Pachuca Tlahuelilpan, Mayo 2016.

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