Plaza Independencia VIII

Gratos recuerdos guardará mi generación acerca de la Plaza de la Independencia en los años setenta, sitio entonces de obligado paso por el que se llegaba tanto a los barrios altos, ubicados en las faldas de los cerros que circundan al viejo asiento de la ciudad por el oriente y poniente, como a los situados por el norte, entre las cañadas del Tulipán y San Nicolás.
Sin duda el mayor número de transeúntes era el de quienes se dirigían a poco más de una decena de centros educativos cercanos a ese espacio (la Universidad Autónoma del Estado que mantuvo hasta mediados de esa década sus diversas carreras en el vetusto edificio de Abasolo); la Escuela Normal Benito Juárez, de las calles de Mina, sitio en el que se encontraba también la escuela vespertina Leona Vicario; se agregaban también las primarias Justo Sierra en las esquinas Guerrero y Julián Villagrán; la Francisco I. Madero, de Venustiano Carranza; La Fuente Seca, en los confines de Ocampo; la particular Julián Villagrán, de la primera de Allende; el Instituto Anglo Español domiciliado en el oriente de la Plaza Pedro María Anaya y las academias comerciales La Roy, ubicada en los altos del “Adefesio Reforma”, El Maestro Mexicano por entonces asentada en la esquina de las calles de Leandro Valle e Hidalgo, en el edificio de “El Coliseo” y otras que ya no recuerdo. Era todo un espectáculo ver el paso de niños cargados con pesadas mochilas, acompañados de sus mayores, atravesar presurosos por las entre-calles del jardín o a los amodorrados jóvenes de ciclos superiores que lentamente se dirigían a su escuela o bien acompañados de otros condiscípulos que chanceaban animadamente al cruzar por aquel espacio.
Era también camino para las apresuradas amas de casa que provistas de una buena canasta o bolsa de ixtle, se dirigían desde muy temprano a los mercados Primero de Mayo o Benito Juárez (hoy Miguel Hidalgo) y sí me apuran un poco, al Barreteros de las calles de Guerrero; un poco mas temprano era común ver cruzar por ese sitio a los feligreses de la parroquia de La Asunción, a quienes se agregaban los domingos, quienes asistían a los servicios del Templo Metodista colindante con la escuela Julián Villagrán.
 
Menos aún deberán olvidarse en aquella época a las entonces centenas de empleados públicos que se dirigían a la Casa Rule asiento del Palacio de Gobierno o bien a la Presidencia Municipal en las calles de Venustiano Carranza, enfrente de cuyas oficinas se encontraba el edificio de Las Cajas, sitio obligado para trámites y cobros de la Compañía Real del Monte y Pachuca y desde luego, los usuarios del servicio eléctrico que acudían a las oficinas de la Compañía de Luz y Fuerza en la esquina de Mina y Matamoros o al Monte de Piedad de Pachuca, situado en la acera de enfrente; esto solo por mencionar a las más sobresalientes instancias que obligaban a muchos pachuqueños a cruzar por la Plaza Independencia ante el testimonio siempre puntual de la majestuosa torre del Reloj.
Pero esa Plaza fue también destino comercial tanto de los propios habitantes de la capital, como de visitantes de diversos lugares del estado, había en ella, entre otros comercios: dos librerías, la de Acevedo en la planta baja del “Adefesio Reforma” y la Distribuidora de Publicaciones situada en el ala norte; perfumerías y tiendas de regalos como las casas “Aldana” y “Menase”, “Ofertex”, “El Brillantito” que después se dedicó a vender exclusivamente instrumentos musicales, ubicadas en los bajos del Reforma, tiendas de ropa como “Almacenes Escobedo” en la calle de Matamoros, “La Felman” de la esquina de la Plaza y la calle de Zaragoza, “La Ciudad de París” en Ocampo y Matamoros y la aún existente “Casa Olga” de la esquina de Doria y la Plaza; dos grandes farmacias tenían asiento en el Jardín Independencia, la del Reloj en la acera oriente y la del Centro Médico en la esquina de Allende e Independencia, una ferretería “La casa Olangua” de Allende en cuyos altos tenía su casa y consultorio el doctor Antonio Aparicio.
 
Dulcerías, como la “Usher” de Allende y Bravo, así como “Dulcelandia” y la “Larín” en planta baja del Reforma, en ese mismo edificio se encontraba la óptica “Gomáriz” y en el segundo piso, los consultorios del Centro Médico, atendido por varios galenos de reconocida experiencia profesional, el laboratorio de análisis clínicos del doctor Pedro Espínola Noble, así como el despacho del licenciado Carlos Ramírez Guerrero, que después lo fue de su hijo el arquitecto Carlos Ramírez Mateos, había así mismo en la Plaza, una sastrería del señor Rubio, la zapatería “La Perla” propiedad de aquel hombre que era todo bonhomía, don Antonio Mahuem, todo ello además de los cafés, neverías y restaurantes situados en su perímetro y desde luego mas de una centena de negocios en las calles aledañas.
Era la Plaza Independencia un gran centro comercial, que desde muy temprano abría sus puertas para recibir primero a los empleados encargados de hacer la limpieza y más tarde a quienes atendían a una nutrida clientela, que por la tarde redoblaba su número en aquel conjunto de tiendas.
Recuerdo aún cómo los propietarios de los diversos negocios, alrededor de las 11 de la mañana, acudían a los cafés que allí existían y era curioso ver que quienes eran rivales en la venta de productos, en torno de una taza de café, eran los grandes amigos y creo que hasta se ponían de acuerdo en los precios que darían a sus productos, también acudían a esas tertulias mañaneras, médicos, abogados, arquitectos y otros profesionistas que tenían sus despachos, bufetes y consultorios en aquella zona de la ciudad.
 
Quedan en las alforjas del recuerdo otros comercios ubicados en la planta baja del “Adefesio Reforma” pues fue a mediados de 1978, cuando se llevó a cabo la demolición del mismo, para ampliar la Plaza y construir un gran estacionamiento en la planta baja, obra de la que hablaremos en la siguiente entrega.
 
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Pachuca Tlahuelilpan, junio de 2016.

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