Los Afiladores

Iniciamos con esta entrega dominical, una serie de crónicas relativas a personajes pachuqueños empleados en oficios caídos en desuso o desaparecidos en aras de la modernidad, que mucho dirán a las generaciones de quienes entonces jóvenes o niños, hoy son distinguidos miembros de la tercera edad, encargados de rememorar la vida de aquellos años que hoy son ya parte de la historia íntima de la capital hidalguense.

Las empinadas y retorcidas callejas de la tortuosa traza urbana de Pachuca, fueron un verdadero reto para los antiguos afiladores, que marchaban por las calles conduciendo el artefacto con el que realizaban su trabajo –una rueda de madera de unos 80 centímetros de alto, sobre la que se transportaba una caja de herramientas y una banda que conducían empujando un manubrio del mismo material– mientras soplaban en una especie de zampoña, compuesta por al menos tres tamaños de flautas, que deslizaban soplando hasta producir un muy especial sonido que les identificaba en el barrio o colonia.

Aquél aparato era fácilmente transportado en los sitios planos, pero se complicaba al iniciar el acceso a los barrios altos, para lo que se requería de gran destreza y mayor esfuerzo del normal. Al llegar a cualquier espacio amplio ubicado entre las estrechas callejuelas, calzaban la máquina afiladora y daban vueltas tocando su zampoña, hasta la llegada de los clientes.

Para proceder al afilado de tijeras, cuchillos, gubias u otros artefactos, desplegaban el aparato afilador, primero desdoblaban los pedales y enseguida calzaban una banda que a su vez hacia girar velozmente una polea, una piedra circular de esmeril, a la que pegaban cuidadosamente, el objeto que habían de afilar. Una estela de chispas brotaba de aquella acción, ante la atónita mirada de los chiquillos de barrio, que permanecían allí largo rato.

Marianito era el nombre del afilador que llegaba a mi colonia en las calles de Chutemos (Calle de Cuauhtémoc), era un hombre pequeñito que llevaba lo que fue un buen traje de tres piezas –pantalón, saco y chaleco– que por su aspecto no había visitado la tintorería en meses o tal vez en años, un día nos enteramos que se lo había regalado el doctor Manuel Galván, el médico de aquella colonia, y se decía que desde entonces se enfundó en él y jamás se lo quitó; no le vi morir pero es seguro que aquellas prendas fueron su mortaja en el lecho de muerte.

Era aquel anciano afilador muy condescendiente con nosotros, pues nos permitía accionar ese aparato y en muchas ocasiones la parvada de mozalbetes de la colonia era la encargada de pedalearlo para que Marianito cumpliera con su trabajo, éramos felices con ver como las chispas rodaban por el suelo y luego desaparecían tras dejar un negro rastro de su existencia en algún momento.

Don Eduardo Martínez, uno de los más antiguos moradores de la primera calle de Cuauhtémoc –quien trabajaba en el Departamento de Contabilidad de la Compañía de Real del Monte y Pachuca– decía que aquel hombre llevaba al menos cincuenta años de practicar el oficio de afilador y unos 25 de frecuentar “La Estudiantina” más nunca se supo nada de su vida íntima, solo que se fue envejeciendo en aquella tarea hasta llegar a los años cincuenta.

Reconocía a simple vista un buen metal y hasta la nacionalidad de los artefactos que le llevaban para restaurar su filo, las tijeras del “barrilito”, de “dos plumas”, las de la “casa Boker”, donde le conocían como de los más asiduos clientes por adquirir esmeriles, inclusive la rueda afiladora que empujaba cotidianamente fue comprada según decía él mismo, en ese lugar en la Ciudad de México.

No recuerdo bien pero el precio por afilar un par de cuchillos, no rebasaba una peseta de balanza –equivalente a 25 centavos– monedas que llegando a sus manos eran guardadas en una de las bolsas del chaleco, en tanto que las de 20 centavos unos inmensos bronces con la efigie de las pirámides de Teotihuacán en el anverso y el Escudo Nacional en el reverso, eran guardadas en una bolsita de lona que ataba muy bien a su cinturón.

Hacia el medio día –entre las doce y la una de la tarde– Marianito se metía en la pulquería “La Estudiantina” a efecto de consumir uno o dos platos de chalupas, acompañados de dos o tres litros de pulque, que bebía para enfrentar el picor de los antojitos que se confeccionaban en el interior de la pulquería. Justo es decir que cuando salía de aquella piquera, Marianito no estaba ya en posibilidades de continuar con su trabajo, entonces se calzaba un sombrero reluciente por los lamparones de mugre y se marchaba a su casa, ubicada en algún lugar que ignoramos todos.

Un día Marianito dejó de buscar amas de casa que quisieran afilar sus cuchillos o tijeras, apareciendo en su lugar y con su mismo aparato afilador, un joven de unos 20 años, quien dijo ser hijo de aquel legendario afilador de la colonia, pero este fue más reservado y esquivo con nosotros, un día arribó a las calles de Cuauhtémoc con un nuevo aparato afilador, más compacto y menos pesado que el anterior pues estaba confeccionado con aluminio, con él pudo llegar según supimos a los callejones más intricados de los barrios altos y pronto sus ingresos se multiplicaron y logró dar el salto para adquirir una bicicleta que se transformaba en afilador.

De todo ello fuimos testigos los habitantes de la colonia, que vimos en aquel cambio, la muerte de una etapa romántica en el trabajo de los afiladores y jamás se borró de nuestra mente la imagen de Marianito, aquel desgarbado anciano que formó parte del paisaje de Pachuca por muchos años.

www.cronistadehidalgo.com.mx
Pachuca Tlahuelilpan, febrero de 2016.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *