La Novia de Pedro Infante

Quien no conoce o tiene un amigo “mitómano”, quien no ha encontrado algún día a ese individuo que cuenta reiteradamente historias fantásticas y en su mayoría increíbles, en las que el narrador se convierte en centro de aventuras ilusorias y en la mayoría de los casos un tanto heroicas, la psicología, les define como mentirosos patológicos, que falsean la realidad como vía de escape a su situación, a fin de obtener de los demás admiración y reconocimiento; los especialistas agregan que estas personas terminan siendo víctimas de sus propias mentiras.

El mitómano es un incorregible ególatra, que no puede soportar que otro sea superior a él, aunque a veces, acude al enaltecimiento de otros personajes inventados por su imaginación, para superar así a su interlocutor. Así, si usted adquiere con gran trabajo un buen vehículo, el mitómano, difunde que él tuvo uno mejor en algún momento o bien señala que conoce a un amigo que es un gran empresario o político o bien que conoce a quien posee no uno sino muchos vehículos mejores, desde luego no cuenta con ninguna prueba de lo que dice, pero nadie se atreve a contradecirle, a fin de no enfrascarse en discusiones bizantinas –disputa o argumento inútil, en la que cada parte nunca puede llegar a probar sus aseveraciones a la parte contraria– y opta por simplemente soportar al mitómano a sabiendas de que. lo que asevera no es cierto.

Es en este contexto, que María N, una mujer de edad mediana allá a principios de la década de los años sesenta, se hizo famosa entre comerciantes y marchantes del mercado “Primero de Mayo” y sus alrededores, con una gran quimera, pues pregonaba por los cuatro vientos ser la madre de una hija de “Pedro Infante” aquel extraordinario ídolo mexicano, muerto trágicamente el 15 de abril de 1957, tras desplomarse a tierra el avión que piloteaba, un Consolidated B-24 Liberator, matrícula XA KUN de la empresa TAMSA, que había sido bombardero en la Segunda Guerra Mundial.

México entero, lloró su muerte por mucho tiempo y sus películas volvieron a las carteleras de los cinematógrafos con el carácter de estreno, pues las salas eran impotentes para recibir a las multitudes que deseaban volver a ver a su ídolo, lo mismo sucedió con su discografía que agotó en varias ocasiones ediciones de más de 10 mil copias, algo inusitado para un México que entonces contaba con 36 millones de habitantes –hoy somos cerca de 120 millones– lo que era verdaderamente extraordinario, pues ningún cantante antes lo había logrado.

Por aquellos días se hizo correr la noticia de que “Pedro Infante no había muerto” y que enredado con la esposa de un alto militar, el marido intentó matarlo la noche del 14 de marzo de 1957, pero gracias al carisma de Pedro, logró que este le perdonara la vida a cambio de salir del país, por ello al día siguiente Pedro fingió su muerte en total contubernio con su esposa Irma Dorantes. Todo ello desde luego no fue sino un falso rumor que nunca encontró probanza alguna.

No obstante lo anterior “María N” o “Mariquita” como le llamaban sus amigas íntimas, aseguraba que ella había conocido a Pedro Infante antes y después de su muerte, la recuerdo aún, ataviada con largas faldas jaspeadas con listones entretejidos de vivos colores, blusa muy blanca de cuello alto, labios pintados con tonos de carmín rojo subido y desde luego las largas trenzas que sobrepasaban la cintura de su talle.

Mi madre atendía una tienda en la esquina de la calle de Morelos y el Jardín Constitución, donde laboraba precisamente una de las amigas íntimas de Mariquita, de modo que todos los días pasaba a visitarla y allí escuchábamos sus historias y quimeras. En alguna ocasión recuerdo, llegó a pedir una anforita de tequila como se llamaba a las botellas que contenían un cuarto de litro de aquella bebida, hoy viene mi Pedro dijo y quiero que se sienta a gusto, ya tengo todo para prepararle su carne con unas entomatadas sinaloenses, que tanto le gustan.

Realmente me impresionó, su conversación, oiga, me atreví a decirle ¿y cómo se siente Pedro ahora que renunció a todo lo que tenía en la vida del cine y de los teatros? Sin titubear me respondió, újule, pues de eso nos encargamos yo y su mujer que ya me tolera porque yo le di la hija que él deseaba, si vieran como la quiere, siempre le trae muchos vestiditos y juguetes, ¡es un amor! concluía con vehemencia.

Cuando se fue, le dije a su amiga, será cierto lo que dice esa mujer, la verdad no se me hace como para ser pareja de Pedro Infante y menos aún de un Pedro Infante que todo mundo sabe, ya murió. Una risa que pronto fue una sonora carcajada me permitió saber que todo ello no era cierto. Lo que era innegable, es que en el Primero de Mayo, todo mundo le seguía la corriente, unos le preguntaban por la que llamaban “la Hija de Pedro Infante” otros por el cantante, mas nadie se atrevía a contradecirla de aquella mentira tantas veces repetida por ella, que llegó a convertirse en su verdad.

No sé qué pasó con esa mujer, a la que dejé de ver a finales de aquella década, la de los sesentas, cuando alguna vez pregunté por ella, me dijeron que se había ido muy lejos para mantener a su hija al margen de las habladurías de la gente y es que aquella niña fue blanco de burlas y bromas de todo tipo por parte de sus compañeros en la escuela, Mariquita, con todo el dolor de su corazón, dejó la vivienda que tenía en el barrio del Mosco y se fue, nadie supo dónde.

El vacío dejado por Mariquita y su hija, fue suplido al inmortalizar su historia amorosa con el más grande cantante del México de ese entonces, cuando se colocó a una de las cantinas de aquel barrio, el nombre de “La Novia de Pedro Infante”, poco duró abierto aquel establecimiento, que cerró dos o tres años después, por falta de clientela. Pero allí quedó plasmada esa historia, la historia de la mujer que se inventó una vida distinta a la de su realidad, y en ese laberinto se vio envuelta.

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Pachuca Tlahuelilpan, marzo de 2016.

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