La Estación del Ferrocarril Hidalgo

Hace unos días, al reubicar mi archivo fonográfico, me encontré con una casete –del francés cajita, nombre dado al cartucho que guarda una cinta magnética para grabación– en la que se contienen tres entrevistas a sendos pachuqueños, por desgracia ya desaparecidos todos ellos, la primera, lleva por título “El rápido de las siete; entrevista al ingeniero Carlos Arias Esteve (1975)”, el tema ha sido ya abordado marginalmente en alguna entrega semanal, aunque en esta ocasión, el objetivo es en realidad una descripción de aquel raudo periplo que podía hacerse en el Ferrocarril Hidalgo, línea fundada en 1881, por el hidalguense Gabriel Mancera, mediante la cual pudieron enlazarse de manera directa a principios del siglo 20, las ciudades de México y Pachuca.

El Ferrocarril Hidalgo, construyó su terminal en Pachuca, en los terrenos que hoy ocupan, el Palacio de Gobierno, la Plaza Juárez y el Jardín o Alameda de los hombres ilustres. Era un bello edificio de arquitectura clasicista un tanto indefinida pues no obedecía a orden alguno –Jónico Dórico o Corintio– era más bien una mezcla de todos, su fachada de cantera blanca, tenía dos puertas de acceso, una de ellas segada hacía 1917 para evitar los chiflones de aire, molestos para quienes ocupaban la sala de espera. Cinco ventanas de medio punto daban luz a su interior tres al centro y una al lado de cada puerta.

La techumbre era de lámina de zinc debajo de la cual se tendía una gran sala, en la que estaban dispuestas tres largas filas de bancas de madera, pintadas –recuerda el entrevistado– de color verde pálido. Se ubicaban en este espacio dos ventanillas, donde se expendían los boletos a Irolo, Tulancingo, Tula y lugares intermedios, así como una especial donde se despachaban boletos para el rápido a la Ciudad de México, que era desde luego la corrida más atractiva. En la parte posterior al sur de la sala de espera, estaba la puerta que conducía a los andenes, donde los viajantes abordaban los trenes.

Había señalaba el ingeniero Arias, muchos vendedores que ingresaban a la sala frecuentemente, hasta que eran corridos por los encargados de la administración de la terminal ferroviaria, aunque aquellos regresaban a la sala tras eludir a los empleados de la estación, expendían tortas, tacos, tamales, tlacoyos –la letanía culinaria de la “T” completa– al igual que atoles y aguas de varios sabores, sin olvidar las pachuqueñas palanquetas, charamuscas y otros dulces típicos.

La corrida más favorecida por los viajantes era la directa México-Pachuca y viceversa conocida como “rápido de las siete”, llamada así porque iniciaba su periplo de Pachuca a México, a las 7 de la mañana y lo concluía con el viaje México Pachuca que salía a las 7 de la noche de su estación en la Ciudad de México, ubicada en la confluencia en las calles de Canal del Norte y Boleo en la colonia Maza, muy cercana a la glorieta de Peralvillo, aunque en 1920 al iniciarse la centralización de transporte en México el ferrocarril Hidalgo contó con un andén exclusivo, en la estación de Buena Vista y más tarde la línea fue absorbida por la empresa oficial Ferrocarriles de México. El trayecto recordaba en la entrevista el ingeniero Carlos Arias, tenía una duración promedio de una hora con diez minutos.
Durante el día ocurrían otros servicios pero más lentos en razón de que se detenían en innumerables comunidades y haciendas pulqueras de la región y su recorrido duraba cerca de tres horas, ya que su prioridad era la de conducir carga y marginalmente pasajeros.

El ingeniero Arias, se vio en la necesidad de utilizar este servicio al matricularse en la escuela de ingeniería y en principio se trasladaba diariamente a la ciudad de México, hasta que encontró una casa de asistencia. El viaje –recordaba– era realmente cómodo, los asientos de primera clase eran afelpados y amplio el espacio tanto entre cada pasajero como en la distancia con los asientos de enfrente, había a la venta refrescos y bocadillos a buen precio, el ambiente era cálido tanto por la mañana como en el regreso por la noche.

La velocidad de crucero era de unos 90 o 95 kilómetros por hora y la distancia de recorrido de 92 kilómetros, dado que se entraba por el lado de las “Lecherías” que surtían de este producto a la Ciudad de México y finalmente llegaba a la estación de Buenavista, que era su lugar de destino en los años cincuenta cuando el ingeniero Arias estudió su carrera.

Afuera, dice el entrevistado, había una nube de maleteros que conducían los equipajes hasta las decenas de automóviles de alquiler o los autobuses urbanos que tenían su paradero en la terminal ferroviaria. Por aquellos días la Universidad Nacional Autónoma de México, iniciaba el traslado de las diferentes escuelas y facultades que hasta los cincuenta se encontraban en el centro de la ciudad, en el llamado “Barrio Universitario”.

Afortunadamente había muchos pachuqueños, que utilizaban el servicio del “rápido de las siete” señalaba Carlos Arias en la entrevista, y entonces, se armaba la chorcha, que podía versar desde las impresiones juveniles que se vivían en cada facultad hasta los más intrascendentes temas. Era frecuente ver en aquellos viajes a cientos de familias que se trasladaban a la Ciudad de México para hacer compras en los cientos de comercios del hoy centro histórico, también podían identificarse los comerciantes de las tiendas pachuqueñas, que se dirigían a los grandes almacenes y bodegas de las calles de Moneda, Correo Mayor, Izazaga y otras del centro, para surtirse de los productos que expendían en sus negocios.

El regreso a Pachuca –recordaba el ingeniero Arias– concluía por ahí de las 8 y cuarto de la noche, cuando ya los comercios empezaban a cerrar y muchas veces terminaba en “La Mascota” de un Español chaparrito y finito, una lonchería y cantina, que estaba frente a la Estación Hidalgo, en la que expendían ricas tortas de queso de puerco y queso blanco fresco, aderezadas con ricos chiles en vinagre que era su especialidad. A las 9 de la noche a más tardar, estaba ya en mi casa para descansar a fin de tomar ánimos para el viaje del día siguiente.

Pie de foto: Estación Hidalgo captada por la lente de Fernando Rivemar en 1929, ubicada en los terrenos que actualmente ocupa el teatro Hidalgo en plaza Juárez.

www.cronistadehidalgo.com.mx
Pachuca Tlahuelilpan, 12 de julio de 2015.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *