La Cueva de la Fiera

Allí, en lo más intrincado de las peñas que conforman al cerro de San Cristóbal, al norte de Pachuca, se abren una serie de cuevas, hasta ahora poco exploradas en razón de lo agreste de lugar, más de entre todas ellas, una, destaca de las demás debido a las dimensiones de su tamaño. Si usted habita o circula por aquella región de este antiguo Real de Minas, podrá vislumbrarla perfectamente, nuestros antepasados le llamaron “la cueva de la fiera” del gigante, porque se cuenta que en ese sitio vivió sus últimos días Bernabé Sierra, un corpulento hombretón, autor de decenas de fechorías en las postrimerías del siglo 19.

Para algunos, Bernabé fue un héroe popular, en tanto que para otros se trataba de un delincuente en toda la extensión de la palabra y aunque los hechos que aquí se narran, nada o poco se refieren a aquel nebuloso pasado de Bernabé, es importante referirlos, para saber quién era aquel misterioso personaje. Era Bernabé un gigantón de un metro noventa y ocho centímetros que pesaba más de 130 kilos, llevaba el pelo largo, ceñido por una diadema roja colocada por encima de la frente, la camisa sin botones, amarrada a la cintura dejaba ver su gran corpulencia, dos serpientes tatuadas en sus brazos nacían en la muñeca y terminaban a la altura de los hombros, era un verdadero gigantón que influía temor entre quienes le conocían.

A sus 48 años en 1893, más de la mitad de su vida había transcurrido entre las paredes de las galeras de la Cárcel Nacional –ubicada en la otrora calle de las estaciones, después y hasta nuestros días de Allende– y las mazmorras de la penitenciaría del Estado asentada donde hoy se alberga a la Fototeca Nacional a un lado del templo de San Francisco, de donde salió después de haber purgado dos condenas una de 20 y otra de 12 años de reclusión.

Al salir en la última ocasión, lo hizo convencido de que debía regenerarse, por lo que su primer actividad fue la de conseguir trabajo, lo que logró al emplearse en la mina de “Rosario”, esa misma en la que a mediados de 1851, se declaró una de las más importantes bonanzas de la historia de esta comarca minera. Le dieron el puesto de ademador, que desempeñó a cabalidad, debido a que, merced a su gran altura y fuerza, no requería de escaleras para colocar los travesaños de los ademes.

Para fortuna de Bernabé, la paga por el trabajo era diaria y con ello pudo al menos contar con dinero para comer. Lo que no pudo conseguir fue donde alojarse, los mesones estaban llenos y en las casas de hospedaje nadie quería darle alojamiento a un ex presidiario, por algunos días consiguió que le permitieran dormir junto a la caseta de vigilancia de la mina, pero Bonifacio Contreras, uno de los vigilantes, se quejó ante el capataz de la mina, debido a los sonoros ronquidos del “Berna”, como le llamaron sus compañeros, los que por su volumen no dejaban dormir a nadie, circunstancia que por cierto habían alegado años atrás los presos de Cárcel Nacional y los de la Penitenciaría del Estado, quienes dijeron que dormían en el día porque de noche los ronquidos de Bernabé no les permitían conciliar el sueño.

Cuando lo expulsaron de la caseta de vigilancia, el “Berna” buscó un terrenito de esos que estaban baldíos y nadie reclamaba, el primero que halló se ubicaba en el callejón del “Ánima en Pena” y el de los “Naranjitos” en el barrio de San Juan. Consiguió que el capataz de la mina de “El Rosario” le regalara unas vigas de madera vieja y varias piezas de lámina, con las que construyó su casa, dos cuartos, uno destinado a recamara y el otro como cocina y comedor, todo muy pequeñito, pero es el caso que dos semanas después, se presentó en su casa, don Sebastián Iturbe, a la sazón jefe de la policía municipal, ante quien se habían quejado los vecinos del Barrio, debido a que después de la media noche, los ronquidos del “Berna” no dejaban dormir a la comunidad, pues alcanzaban gran resonancia entre las paredes de lámina de su vivienda.

Bernabé alegó que él estaba en su casa, pero pronto lo atajó el jefe de la policía pachuqueña, quien le dijo, si claro, ¡pero déjeme ver sus papeles de propiedad!, nada pudo argüir ante esta petición el corpulento minero, que se conformó con pedir al jefe policiaco le permitiera dos días para encontrar un nuevo sitio donde mudarse.

Pidió Bernabé permiso a su jefe de cuadrilla para salir un poco antes de terminar su jornal, a fin de darse a la tarea de buscar un nuevo sitio donde construir su casa. Toda la tarde desde el mediodía recorrió la periferia de aquellos populosos barrios, habitados por mineros, hasta que encontró muy cerca del cerro Cuixi un terrenito pedregoso, de buenas proporciones, que supo nadie reclamaba como de su propiedad y estaba alejado de las últimas casas de la ciudad, allí repitió la operación que ya antes había realizado en el barrio de San Juan y en dos días más estaba construida la casa.

Pero es el caso, que durante la primera noche que durmió en su nueva morada, fue despertado intempestivamente por el ladrido de una veintena de perros, que al escuchar los fuertes ronquidos, reaccionaron ladrando ante aquellos extraños ruidos. Durante cuatro noches, sufrió Bernabé el asalto de aquel coro de animales que ya no solo ladraban, sino también aullaban y nuevamente el jefe de la policía de Pachuca se vio obligado a pedirle buscara otro lugar porque ahora los ladridos no solo no lo dejaban dormir a él, sino a todo el vecindario.

Nuevamente Bernabé salió en busca de un sitio donde alojarse y tras recorrer las goteras del antiguo Real de Minas, encontró finalmente una gran cueva debajo de las peñas que conforman las faldas del cerro de San Cristóbal, el lugar era frio y estaba testo de animales ponzoñosos y murciélagos, la tarea fue ahora limpiar el lugar y construir con las vigas y láminas que le habían obsequiado, una puerta para evitar el paso del aire y que los animales salvajes pudieran introducirse.

Vivió allí Bernabé Sierra hasta el fin de sus días por allí de 1913, cuando contaba ya con 68 años de vida, pero en las pláticas de sobremesa, los viejos contaban que en algunas noches podían escucharse hasta el barrio del Arbolito los ronquidos del Berna como si se tratara de un animal que bramaba, de allí que a esa cueva le pusieran por nombre “La Cueva de la Fiera”.

Pie de foto: Goteras de Pachuca, por el norte, hacia 1875, obsérvense las peñas de San Cristóbal y allí la cueva de la fiera sobre la que se tejió la crónica que dio origen a los hechos que aquí se narran.

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Pachuca Tlahuelilpan, noviembre de 2016.

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