La cercanía de la Navidad

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La cercanía de la Navidad

Muchos de los integrantes de mi generación recordarán con gusto, aquellos días de finales de noviembre preludio de la más importante época del año, comprendida del 12 de diciembre, fiesta que conmemora las apariciones de la Virgen Guadalupe al indito, ya santo, Juan Diego y la del 6 de enero, dedicada a recordar la visita que realizaron al Jesús recién nacido los reyes del oriente, aunque para los pilluelos que éramos, entonces todo comenzaba con el fin del año escolar que en ese tiempo concluía por ahí de mediados de noviembre y se prolongaba hasta el regreso a clases aproximadamente a mitades de febrero. Eran aquellos días un cúmulo de festejos y el inicio de las reuniones familiares en torno de comidas y cenas de muy particular arte culinario.
Ya en la plaza de la fiesta Guadalupana, tendida a las puertas del templo de Nuestra Señora de Guadalupe –en construcción desde mediados de los años cincuenta del siglo pasado– para adquirir limas y limones, guayabas y peras, cañas y mandarinas; o bien en la llamada Plaza de Navidad y Posadas que se ubicaba a partir del 13 o 14 de diciembre, en la acera oriente de la Plaza de la Constitución, frente al mercado Primero de Mayo, sitio en el que se expendían adornos para los arbolitos navideños, tales como aquellas delicadas esferas, que año con año aparecían rotas al abrir la caja en que se guardaban –ante el enojo de nuestra madre–, el pelo de Ángel que simulaba la nieve que siempre añorábamos ver caer, todo ello sin faltar las figuritas de barro con las que se construía el nacimiento, especie de maqueta sobre la escena del nacimiento del niño que se tendía a las plantas del árbol.
Había también en aquella plaza navideña: piñatas, dulces, frutas, luces de bengala y cohetes, entre otras muchas cosas, que tanto gustaban a las parvadas de mozalbetes, que las recorrían de palmo a palmo, imaginando los festejos que estaban por llegar; agréguese a lo anterior el paso por los aparadores de juguetes exhibidos en la juguetería Aladino, de las calles de Hidalgo o de la “Exposición” de la esquina de Ocampo e Hidalgo, de Casa Escamilla en la de Guerrero y Doria, y de otros muchos comercios que por esos días abarrotaban sus giros con juguetes.
Por ello cuando a finales de noviembre, escuchábamos el tronar de cohetes en los que por cierto, limpios cielos pachuqueños, lanzados para anunciar las peregrinaciones al santuario de la Villita de Guadalupe pachuqueña, que eran verdaderos desfiles realizados tras las imágenes de la Virgen de Guadalupe, que empresas, barrios y mercados sacaban de su nicho domiciliario para recorrer las calles de la ciudad, hasta llegar a las inmediaciones del santuario, entonces en construcción, rodeado de puestos semifijos llenos del colorido de las frutas y el sabroso olor de los antojitos mexicanos, entonces, dejábamos volar nuestra imaginación y así comenzaba la diversión de las fiestas de fin de año. Cuando al paso del tiempo recordamos aquel período que se vivía intensamente, exprimiendo todas las horas, desde la mañana hasta el anochecer, entendemos por qué guardamos tantos recuerdos de aquellos días de nuestras vidas.
Mas todo coadyuvaba a avizorar la llegada de las fiestas, los anuncios y adornos luminosos, que cada comerciante ponía en sus aparadores que, por cierto, participaban en un concurso organizado por la Cámara de Comercio, las imágenes de Santa Claux –como se escribía en esos años–, de los Reyes Magos, la emblemática piñata de siete picos y otras imágenes por el mismo estilo, nos bombardeaban a fin de posesionar las fiestas y asegurar los comercios las grandes ventas.
Lo mismo sucedía en la radio –ya que la televisión apenas penetraba en los hogares pachuqueños–, los anunciantes pregonaban al son de melodías navideñas sus mercancías– y la programación musical dejaba escuchar villancicos y otras composiciones muy de la época. Con seguridad mi generación recordará una espléndida canción ganadora de un concurso convocado por un empresa cervecera efectuado en 1957, en la que se retrata en unas cuantas estrofas, aquel sentimiento de quienes niños en los cincuenta disfrutábamos tanto aquellas fechas; he aquí unas cuantas estrofas de aquella composición musical llamada Navidad Guadalupana:

Noche azul Guadalupana
dibujada por la cruz
de una Iglesia provinciana
donde está el Niñito Jesús.

Cuando llegas a mi cielo
noche de la Navidad
hay más luz en el sendero
del perdón y de la paz.

Tus volcanes del teocali
se perfuman del copal
y es la luna de mi valle
tu piñata de cristal.

Hay estrellas en el alma
y en el aire una canción
como brisas de campanas
que me alegran el corazón.

Peregrina noche santa
nacimiento de mi fe
navidad Guadalupana
yo jamás te olvidaré.

www.cronistadehidalgo.com.mx
Pachuca Tlahuelilpan noviembre 2014.