El Centenario de Romo de Vivar

Entre los hombres más destacados, que mi generación reconoció por su trabajo artístico en Pachuca, se encuentra sin lugar a dudas don Guillermo Romo de Vivar Frías, nacido en Berclair, Texas el 15 de noviembre de 1915 lugar en el que vivió hasta los 15 años, cuando pasó a radicar por algún tiempo en la Ciudad de Monterrey. Él mismo recordaba haber visto la luz primera en el seno de una familia de artistas donde aprendió desde niño, el selecto lenguaje de los telones y candilejas, de las bambalinas y las diablas y seguramente aprendió a leer para ser apuntador de sus padres –actores– y conoció los secretos de la geometría para diseñar escenografías y ambientación de foros.

No superaba los 20 años, cuando llegó a la Ciudad de México, a efecto de estudiar música en el Conservatorio Nacional, donde dio rienda suelta a su vocación artística, al tomar clases de violín, mientras también se aficionaba por el piano, instrumento que llegó a dominar admirablemente.

Allí, en la intimidad que permitían piernas y telones, recordaba los lejanos días en que llegado a Pachuca se casó con doña María Teresa Olvera Albert –con quien procreó cinco hijos María Elena, Guillermo, Arturo, Alejandra y Eduardo– en ese entonces, evocaba con añoranza, tocaba yo el violín en bodas y fiestas de postín.

Fue a finales de la década de los años 40, cuando inició la más hermosa aventura artística de toda su vida, fundó con un grupo de jóvenes, la primera compañía de teatro experimental, que tuvo su centro de operaciones en un viejo salón de actos que existía en la Ex Hacienda de la Luz, ubicada en la calle de Belisario Domínguez –frente al hoy “campus centro” de la Universidad La Salle Pachuca– que por entonces era también sede de un taller de la Logia de culto Escocés.

En aquel sitio don Guillermo, aprendió a enseñar el arte teatral a jóvenes pachuqueños, revivió sus años adolescentes y puso en práctica las experiencias de antaño al lado de sus padres y hermanos, un día, recordaba con añoranza, mientras el cigarro colgaba de su boca con todo y una larga columna de ceniza, llegó a aquella salita, nada menos que el general y licenciado Alfonso Corona del Rosal, que era ya gobernador electo del Estado. Al terminar la función, el reconocido político, permaneció en su asiento hasta que salió el último espectador, entonces se acercó al director de la compañía –un Guillermo Romo de 42 años de edad– y le dijo muy circunspecto, “admirable labor la que realiza usted con estos jóvenes, ya me lo había dicho la Morena Castrejón y agregó: ¿Quisiera usted hacerse cargo del Teatro que estamos construyendo en la nueva Plaza Juárez?”

Una sonrisa de satisfacción se reflejaba en su rostro cuando rememoraba aquel momento, ¡desde luego! le dije, entonces se volteó y llamó a la persona que se encontraba detrás de él, tiene usted una gran admiradora en esta mujer me dijo, y enseguida me la presentó, es la señorita Castrejón que se hará cargo de la administración de la “Casa de la Mujer Hidalguense” y ella ha pensado que usted puede generar recursos para esa institución, montando obras como la que he visto esta noche –Filomena Marturano, de Eduardo Filippo–.

Tres años después, con una actuación extraordinaria de su hija Elena -entonces niña- monta “La Mala Semilla” de Maxwell Anderson, basada en una novela de William March, con la que inaugura aquella acogedora salita bautizada con el nombre del poeta actopense “Efrén Rebolledo”, el éxito fue rotundo e inició una cadena de otros más a lo largo de toda aquella década: “Una Esfinge Llamada Cordelia”, “Rosalba y los Llaveros”, “las Cosas Simples”, “La Mujer de las Rosas”, “Sillón Vacío”, “La Otra Orilla”, “El Gesticulador”, “Veneno Para Mi Marido”, “Melocotón En Almíbar”, “Te Juro Juana”, “Bandera Negra” –monólogo que él mismo actuó– y los sonoros éxitos “El Medio Pelo”– que ejecutó en Pachuca al lado de doña Carmen Montejo– ,“Los de Abajo”, presentada en dos temporadas y en varias giras al interior de la República, “Los Cuervos están de Luto” y “Medea”, solo por mencionar las que hoy acuden a mi mente.

Cada montaje era precedido por decenas de horas de ensayo, por días enteros de diseño para cada decorado, para encontrar la iluminación adecuada y finalmente para escoger tanto el tema que identificaría la obra, como la música de fondo para los diversos actos y cuadros de la función. Todo era realizado meticulosamente por aquel hombre de reconocidas dotes artísticas y sensibilidad estética, que contaba además con un corazón de oro, con el que conquistaba y subyugaba a los actores en ciernes que trabajaban montajes de 15 y hasta 30 días.
Mi mente reproduce con toda nitidez su llegada a los ensayos, ataviado con riguroso traje y corbata, que pronto cambiaba por un sweater gris, para tener libertad de movimientos. Todo empezaba en una mesa de alambrón, donde se hacia la primera lectura del libreto, en principio por él y luego por quienes aspiraban a convertirse en actores, para terminar con la puesta de movimientos y visajes, mientras memorizábamos cada parlamento.

Ese fue Guillermo Romo de Vivar, uno de los más importantes difusores de arte y cultura en Pachuca, con él, viví en aquel escenario cientos de horas de trabajo teatral –actué en 17 obras a lo largo de siete años– pero sobre todo recibí útiles consejos y me solacé escuchando sus evocaciones juveniles. Recuerdo su sonrisa tras el bigote finamente cortado y la abierta carcajada ante un buen chascarrillo, por ello, cuando en 1987, la Universidad Autónoma de Hidalgo, le otorgó la primera edición de la medalla al mérito por su labor de extensionista en materia cultural, me felicité de haber sido el Rector de aquella casa de estudios que le entregó tal galardón.

También en compañía de otros alumnos suyos, tuve la enorme satisfacción de haber impulsado la propuesta para reinaugurar con su nombre aquella salita de teatro, en la que pasé tantas horas de mi juventud a su lado, HOY AL CUMPLIRSE CIEN AÑOS DE SU NACIMIENTO, me congratulo al escribir estas notas en las que colaboró su nieto Guillermo Romo de Vivar Villegas, quien por cierto, guarda para su abuelo don Guillermo Romo de Vivar Frías, un gratísimo recuerdo y veneración.

Pie de Foto: De pie: de izquierda a derecha Francisco Sánchez González (+), Belisario Terán (+), Argelia Córdova, Guillermo Romo de Vivar (+), Nicolás Espínola Morán (+), Víctor Borrath (+). Sentados: René Lechuga (+), Arselia Córdova, Silvia Contreras, Nancy Cervantes Baños (+),Jorge García Lasses (+) Juan Manuel Menes Llaguno, de anteojos vestido de policía en la obra “La Otra Orilla” en noviembre 1965.

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Pachuca Tlahuelilpan noviembre de 2015.

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