El Barrio del Arbolito (Segunda y última parte)

Los datos demográficos, muestran que en 1851, Pachuca contaba con apenas cuatro mil habitantes, incrementados notablemente al declararse la veta de “El Rosario” a la que siguieron otras que propiciaron la llegada de cientos de operarios sobre todo de Guanajuato, donde la baja producción en “La Valenciana” obligó a sus trabajadores a emigrar en busca de empleo.
Esta situación se reflejaba ya en 1864, cuando la población del viejo Real de Minas, alcanzaba los 12 mil habitantes, es decir tres tantos más de la existente en 1851, la que siguió en aumento, pues para 1895 eran ya más de 40 mil, lo que había significado un crecimiento de once veces su población primitiva.

Este inusitado crecimiento urbano, fue determinante en la integración de nuevos barrios y colonias, surgidos principalmente cerca de los centros de trabajo minero, ubicados en la zona norte. En una primera etapa, las casas de los recientes núcleos de población se edificaron de manera paupérrima, en el mejor de los casos con paredes de adobe y techos de tejamanil, dado que la mayoría se levantó en sinuosos solares con desechos abandonados por las factorías mineras; por otro lado, el caos constructivo se puso de manifiesto en el desorden con que fueron erigidas, al margen de servicios tan elementales como agua y drenaje e invadiendo el arroyo de las pedregosas calles y callejones, formando vericuetos ensortijados, surcados por acequias malolientes, conformando todo un paisaje abigarrado, en el que pronto surgieron tendajones, pero sobre todo pulquerías y piqueras de mala muerte.

En los barrios, empezaron a surgir conjuntos habitacionales llamados “vecindades”, en los que se hacinaron múltiples y numerosas familias que alquilaban pequeños cuartos donde en espacios reducidos, ubicaban camas, mesas, anafres y todos los servicios domésticos, con uso común de sanitarios de fosa séptica.

Así nació y evolucionó durante la segunda mitad del siglo 19 el Barrio del Arbolito, arribando en la primera década del 20, como uno de los mas populosos centros urbanos de población de Pachuca, donde convivían no siempre bien integrados trabajadores procedentes de Guanajuato, Zacatecas y diversos puntos del estado, con los nativos de la ciudad. Muchos fueron los casos en que dentro de su perímetro surgieron demarcaciones en las que se formaron otros barrios, aunque siempre identificados con el del Arbolito.

Una de las características, del Barrio del Arbolito, fue sin lugar a duda, la autonomía que logró en relación con el resto de la ciudad. Don Rosalío Flores, recordaba hace algunos años, que en festividades como la celebración del 15 de septiembre, se ignoraba a las autoridades del municipio, realizando de manera muy singular el tradicional grito de Independencia y como esta, otras fiestas de carácter religioso, tales como las del sábado de gloria, el día de San Juan o las posadas, en las que la barriada se volcaba prácticamente en la placita donde se encontraba el árbol chaparrito, al que el barrio debía su nombre.

Por otro lado era público y notorio, que debido a la bravura de sus habitantes, dice Rafael Cravioto “… jamás se veía a un policía por sus alrededores y solamente de vez en vez, algún piquete de soldados hacía incursiones de vigilancia, rondando los principales callejones a plena luz del día para buscar delincuentes o acompañando a empleados municipales tales como notificadores, empadronadores o actuarios.”

Otra característica del Barrio del Arbolito, fue que al ser la gran mayoría de sus habitantes trabajadores de las minas, oficio duro y peligroso, al salir del trabajo, toda aquella gente invadía las numerosas pulquerías diseminadas por sus retorcidas calles, con el fin de olvidar aunque fuera por algunas horas el difícil trabajo de los socavones. El Doctor Nicolás Soto Oliver, auténtico cronista del Barrio del Arbolito, hace en su libro “Leyendas Lugareñas”, un recuento de las más importantes pulquerías de la barriada y sus alrededores, consignando sus curiosos nombres en un recorrido que empezaba con la de: “…”Santa Ana” siguiendo por “Paso del Norte”, “El Gran Golpe”, “El Tlachiquero”, “La Salida”, “Los Pajaritos” de Dorotea, “La Sangre Minera” de Don Luz Bustos, “El Mundo al Revés”, “La Violeta”, “El Triunfo de Madero” de Valentín Chávez, “El Puerto Rico”, primero de Don Leonel Lugo y luego de las Márgaras, “Un Día en Pachuca”, “El Día Feliz”, todas ellas bajando la calle de Reforma …y de regreso por la calle de Observatorio, “La Palma”, “Casa El Tejano”, “Casa La Bola”, “El Lucero del Alba” de Don Sotero, “El Aeroplano” de Don Justo, “El Infierno”, “EL Kiosco” y “Las Quince letras”, y por la calle de Galeana, “El Faro”, “Las Olas Altas” de Don Panchito, “Los Ciclistas del señor Castillo y finalmente “El Tráfico”.

La vida del barrio, transcurría entre el ajetreo clásico de la entrada a los diversos turnos de las minas –anunciados por los silbatos de las factorías– y la apacibilidad que se sentía el resto del día. Por la madrugada, las lámparas de carburo de los obreros iluminaban el sendero de las tortuosas calles y callejones, como si en ellos flotaran cientos de luciérnagas, en un verdadero río de luz que unía al barrio con los centros mineros, escena que se repetía en el turno de la noche; mientras que al atardecer el cauce de las calles se llenaba con aquellos hombres de calzón y camisa blanca, con tilma al hombro o paliacate enredado al cuello y sombrero cónico de palma, quienes desfilaban por el desigual suelo de las callejas, para detenerse en las pulquerías que abundaban en el barrio.
Otra escena, digna de recuerdos es la de mujeres y niños que muy temprano hacían largas filas en las diversas tomas públicas de agua, llamadas “gallitos”, donde esperaban a veces por horas su turno, para obtener el preciado líquido. Era ese, dice Soto Oliver, el lugar donde se corrían las más frescas noticias del barrio, transmitidas en animada plática –antiguas redes sociales– pero aquellos “gallitos”, eran también mudos testigos de cruentas reyertas, derivadas de pleitos familiares o de faldas; en tanto, la chiquillería invadía las calles, jugando al trompo, las canicas, la roña o improvisadas rondas infantiles, salpicadas también de vez en cuando por ingenuos pleitos callejeros.

Así transcurrió la historia de este barrio, que hoy sigue siendo uno de los mas populosos de Pachuca, cuna de hombres de bien, que han destacado en muchos campos del quehacer humano.

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Pachuca Tlahuelilpan, enero de 2016.

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