Días de Muertos

El Funeral clamor de la campana,
interrumpe el silencio de la tumba,
al eco que retumba
en la anchurosa bóveda del cielo,
un ¡ay! Exhala el corazón doliente
y se inclina tristísima la frente
y se riega con lágrimas el suelo.

Francisco González Bocanegra

 

Escribo cada año en estas fechas, una entrega dedicada a desentrañar el particular culto que los mexicanos tributamos a la muerte, culto que como señalara Carlos Pellicer, encuentra rasgos de mayor intensidad en la medida que la región sujeta a estudio cuente con más atributos indígenas, “entre mayor sangre indígena se tenga menos temor a la muerte se siente”, diría el poeta tabasqueño –nacido el 16 de enero de 1897 en San Juan Bautista hoy Villahermosa, y muerto el 16 de febrero de 1977 en la Ciudad de México– con lo que dejó en claro no solo la raigambre de este culto, sino la particular forma con la que se conmemoran año con año las fiestas de difuntos.
Para los habitantes de las ciudades mexicanas, imbuidos ya de la modernidad globalizadora, las muestras que se conservan del culto a la muerte en México, proceden de poblaciones alejadas de la civilidad urbana y son –agregan–producto de la ignorancia y la incomunicación o poca penetración de la información en sus comunidades.
Sin embargo, lo cierto es que cada año la tradición de muertos, cala más y más en niveles urbanos de gran concentración poblacional, hoy es fácil encontrar en museos y salas de exposiciones temporales muestras del arte funerario serio o jocoso con el que artesanos –léase artistas populares–, rinden culto al hecho humano más real y trascendental: la muerte, que es la mejor definición del concepto contrario a la vida y el menos deseado de los momentos para cualquier persona.
Pero he aquí, que el llamado “nuevo culto a la muerte” es la mejor oportunidad que los mexicanos hemos encontrado para recordar con veneración a nuestros seres queridos, aquellos que se nos adelantaron en el camino a una eternidad impregnada de olvido que nos horroriza, porque hacia ese olvido caminamos todos, es como señalara James Frazer, el temor de pasar del ser circunstancial al no ser eterno.
Es aquí donde el culto a la muerte practicado por nuestros pueblos autóctonos nos enamora, y nos subyugan las prácticas ancestrales, que durante estos días se efectúan en las casas, donde se levantan altares y en los campo santos –panteones– que se transforman al pasar de lúgubres y tristes espacios, a multicolores sitios, donde la flor del sol –el cempasúchil– unida a la roja “manita de león” y la blanca, así como la diminuta “nube” dan especial vida al sitio donde se sepulta a los que la perdieron.
De allí que ese particular culto, con el que nuestros pueblos indígenas reviven a quienes se nos adelantaron, nos conquiste ante la posibilidad de acariciar la idea de que nuestros seres queridos regresen y merodeen en torno al altar donde se les recuerda y rinde pleitesía cual si se tratara de “dioses” o “familiares” que siguen en contacto a través del soliloquio con el que conversamos con “nosotros mismos”.
Y es así que la fiesta de muertos, ha recuperado paulatinamente su importancia en México, esa en la que recreaban sus crónicas Ignacio Manuel Altamirano, Vicente Riva Palacio, Juan de Dios Pesa y Heriberto Frías, aunque fue el primero quien más se inspiró en esa celebración para realizar muchas de sus entregas periodísticas.
Hoy se antoja recordar aquellos años de la infancia, en que acompañábamos a la autora de nuestros días al “tianguis de muertos” que se colocaba en la calle de Morelos frente al mercado Primero de Mayo, lugar en el que tenían asiento los vendedores de manojos de cempasúchil y otras olorosas flores, cuyo aroma se mezclaba imperceptiblemente con el del incienso y el copal que también se expendía en aquella plaza, sin faltar desde luego, la fragancia de las naranjas, cañas y otras frutas de estación.
El paisaje de aquel tianguis era una verdadera delicia para la vista, pues al vivo colorido de flores y frutas se sumaba el de las blancas calaveritas de azúcar adornadas con diferentes tonalidades y brillantes pedazos de papel de estaño colocados en las cuencas oculares, así como en la frente los nombres más comunes de personas, allí estaban también los candeleritos con formas de animalitos de vistosos colores, las veladoras de distintos tamaños, velas de sebo y parafina y otros productos más.
En lugar privilegiado se encontraban los juguetes para los niños, con temas sobre la muerte, tales como esqueléticos muñecos, pequeños sarcófagos, muertes bailarinas de madera y calaveras adornadas de distintas formas, estaban también las más deliciosas golosinas, colaciones de dulce que anunciaban con su venta la cercanía de las fiestas navideñas, veladoras de dulce de coco, yemitas de rompope, anisitos, grageas de diversos sabores, palanquetas, charamuscas y en fin, todo un universo de delicias.
Por allí deambulaban también los voceadores que vendían publicaciones que contenían ocurrentes “calaveras” –rimas de distintas formas de versificación– en las que se daba trato jocoso a los personajes más conocidos en el mundo de la política, la cultura, el comercio, etcétera, tal y como acontece hoy en este diario, que dedica amplias páginas a las calaveras de “El Sol de Hidalgo”.

Felices fiestas a todos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *