La campana de la parroquia de la Asunción.

Se asegura desde tiempos inmemoriales, que al fundirse una campana, es menester sacrificar un ave canora en el mismo lugar de la fragua, a fin de que el sonido del bronce se produzca con la intensidad y timbre adecuados, así como para que el metal resulte fuerte y duradero. Esta tradición, ha dado pábulo a infinidad de leyendas, una de las cuales por estar relacionada con la ciudad de Pachuca, es materia del sucedido que la conseja popular puso por nombre, “La Mujer que se transformó en Campana”.

            Fue el templo de Nuestra Señora de la Asunción a los Cielos, el segundo construido en esta comarca, ya que el primero, fue el de “La Magdalena” —levantado para 1534 en la vecina población de Pachuquilla, llamada entonces Magdalena Pachuca— en tanto que el dedicado a “La Asunción de María a los Cielos”, edificado en las inmediaciones del antiguo valle de Tlahuelilpan, hoy asiento de la ciudad de Pachuca, se concluyó hasta 1553 y fue elevado a la categoría de parroquia en 1560. Fue aquel templo, una paupérrima nave, hecha con paredes de adobe, techo de tejamanil y torre de cal y canto, según las descripciones.

Descripción: F:\Parroquia de la Asunción\Ianuguración de Et. de M Hidalgo. 16 de Sep de 1888.jpg
Parroquia de la Asunción hacia 1888, obsérvense las ventanas rectangulares del templo y la esbelta torre de su campanario, antes de la construcción de su nuevo cuarto.

No obstante, su existencia como parroquia desde el 1660, el primer registro sobre la impartición de sacramentos se efectuó hasta el 7 de marzo de 1568, según se lee en el primer libro de bautismos que existe en el templo. Fue la importancia que cobró aquel templo, lo que hizo necesaria la construcción de un sencillo y alto campanario a efecto de que el tañido de sus bronces  pudiera escucharse a todo lo largo y ancho de del valle de Tlahuelilpan, que como ha quedado dicho corresponde al hoy asiento del centro histórico de la ciudad de Pachuca, entonces ocupado según puede apreciarse en los planos levantados  a finales del siglo XVI, por una infinidad de haciendas de beneficio ubicadas en las márgenes del río Pachuca hoy de las Avenidas, del que aprovechaban las aguas que entonces en abundancia recorrían su cauce.

            Como las limosnas eran exiguas, el cura apenas pudo contratar los servicios de Tiburcio Palomino, trabajador en la fragua de la hacienda de beneficio del español Constantino Cerezo, a quien le solicitó también, la posibilidad de usar sus hornos para fundir la campana, lo que autorizó Cerezo de inmediato.

Descripción: F:\Parroquia de la Asunción\Parroquia de la Asunción 1900.jpg
En esta toma que corresponde al año de 1901, los ventanales ya circulares del templo dan testimonios de las reformas a que se sometió a finales del siglo XIX.

            Dispuso Palomino lo necesario, para proceder a la fundición, verificó las porciones de metal que usaría, el molde y medidas, en fin, todo quedó listo para llevar el bronce al horno a la mañana siguiente. Satisfecho de su trabajo, se dirigió muy contento a la casa de Francisca Iturbe, su novia, una joven criolla que vivía con sus padres en el humilde barrio de la Motolinica, cerca de la hacienda de Purísima, famosa ya por haber sido el lugar donde Bartolomé de Medida había descubierto el Sistema de Patio para beneficio de las platas a finales del 1554.

Descripción: F:\Parroquia de la Asunción\Parroquia de la Asunción 1917.jpg
Por alguna razón —probablemente estructural— en la segunda década del siglo XX, el antiguo campanario, fue reducido a tan solo la mitad de su altura y se suprimió la techumbre cupular, aquí el templo de la Asunción cuando su atrio estaba cercado por una pequeña balaustrada.

            Se enfilaba por la vereda que conducía a la casa de su amada, cuando se percató que detrás de los matorrales, una pareja jugueteaba animadamente. La atención de Tiburcio se fijó distraídamente en el dúo que retozaba al amparo de la maleza, pero quedó atónito cuando escucho la voz de su Francisca, que era inconfundible. Como el par de jóvenes no se había percatado de su presencia, continuaron enfrascados en su jolgorio. Al hacerse presente Tiburcio los sorprendidos enamorados quedaron estupefactos. Sin dejar de mirarlos, Tiburcio llevó su mano al cinturón de donde pendía el martillo, que siempre le acompañaba en el trabajo, lo sacó lentamente y en seguida ciego de furor empezó a asestar certeros golpes sobre la pareja, hasta que los cuerpos quedaron inertes. Jadeante aun por el esfuerzo y adrenalina que recorría su cuerpo, recapacitó en lo que había hecho, solo unos segundos le bastaron para reponerse, levantó primero el cuerpo del hombre, totalmente desfigurado y lo echo cañada abajo, pronto los perros darían cuenta de aquellos despojos.

            Con ternura y gran arrepentimiento, recogió Tiburcio el cuerpo de su amada y al amparo de la noche lo condujo hasta la fragua, allí lo seccionó con toda calma y fue acomodando cada parte de su humanidad en los diversos niveles del molde. Prendió después el fogón y al amanecer introdujo el molde rellenado con el metal y los despojos de la mujer al horno; esperó paciente sin moverse del lugar hasta que la operación concluyó, esperó entonces impasible a que el molde de la campana enfriara lentamente, proceso que tardo prácticamente dos días, durante los cuales monto guardia, hasta que la campana salió de su molde, tres días después presencio su colocación en el nicho abierto en la parte superior de la torre del templo.

Al día siguiente de su fijación en el en el vano de la torre, se escucharon por primera vez sus campanadas, sonoras, brillantes y armoniosas, todos quedaron satisfechos, menos Tiburcio, que creyó escuchar en cada toque los lamentos de su amada, fue tal la impresión que enloqueció y termino por entregarse a la justicia en las oficinas del Alcalde Mayor, donde confesó su crimen.

El cura de la Asunción fue el primero en lamentar lo sucedido pero dadas las condiciones económicas de la parroquia no aceptó que la campana fuera bajada de la torre y allí permaneció hasta 1647, año en el debido al reblandecimiento de sus paredes, el templo primitivo se vino abajo y con él, la torre de su campanario. En los siguientes 72 años, se reedifico el templo, para el que se construyó una torre de mayor tamaño, pero en el ya no se colocó aquella sonora campana, que probablemente se envió a otra iglesia cercana.

            Tal es la Leyenda que con el nombre de “La Mujer que se transformó en Campana” circulo entre la conseja popular en aquellos los primeros años del virreinato de la Nueva España en este Real de Minas.

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