Jesús Corrales González. In memoriam.

El pasado domingo 13 de diciembre, dejó de existir en la Ciudad de Pachuca el ingeniero y licenciado Jesús Corrales González, uno de los más queridos catedráticos de la Universidad Autónoma de Hidalgo por haber influido en la formación de cientos de abogados e ingenieros hidalguenses. Nacido en Pachuca, aunque de familia guanajuatense, su larga y productiva vida enlaza imperceptiblemente a estos dos antiguos Reales de Minas, a lo largo de sus 95 años –casi 96– de fructífera existencia. Su lapso vital, se enmarcó en la cultura del esfuerzo, condición que le permitió ascender y conquistar con arrojo y voluntad, metas que fueron ejemplo de su tiempo y de su espacio. Ingeniero de minas y metalurgista por la Universidad de Guanajuato –1949– y licenciado en Derecho por la Universidad Nacional Autónoma de México –1963– hizo convivir en su persona tan disímbolas carreras, que supo complementar y conjugar hasta convertirse en personaje de obligada consulta en el moderno derecho minero. Su vida profesional, fue una sucesión de experiencias que permitieron la convivencia del aprendizaje académico con la práctica laboral cotidiana, supo de las penurias y adversidades del trabajo en las profundidades de la mina –laboró en la de Dolores en Real del Monte por espacio de 16 años–, como también en los gabinetes donde la exploración de nuevos yacimientos es la armonización del trabajo con la inversión de capital, pero ante todo, logró que el trabajo cotidiano en las profundidades de las minas, se convirtiera en fuente para las normas de esta rama del derecho, todo ello derivado de su desempeño como Director del Registro Nacional de Minería y como Director General de Minas a lo largo de casi un cuarto de siglo, después vinieron largas e intensas jornadas como consultor de diversas e importantes empresas mineras del país; solo tres años salen de este contexto, las correspondientes a su encargo como director de finanzas del gobierno pachuqueño durante la gestión del licenciado Rafael Arriaga Paz entre 1995 y 1997. Muchos recordarán hoy tras su partida, la venerable imagen que le definió siempre, impecablemente vestido, sonriente, aunque taciturno tras los grandes anteojos de carey, llegaba al salón de clases con paso rápido y firme, pero ante todo con puntualidad, con una extraordinaria y excepcional puntualidad, por ello hubo quien llegó a decir: ¡este reloj que traigo es tan exacto como el licenciado Corrales! Su clase era una amena charla que bajaba los conceptos del pedestal de los latinajos al lenguaje cotidiano; cada clase era una disertación cargada de experiencias y de profundo humanismo que conmovía de raíz nuestra conciencia, en su cátedra, no había nada fuera de lugar, las palabras, las anécdotas, los jocosos chascarrillos surgían en el momento oportuno y todo se conjugaba para lograr admirablemente el binomio enseñanza-aprendizaje. Mi amistad con sus hijos, posibilitó una mayor relación con su vida, fui testigo y en algunos casos actor de muchos de sus reconocimientos. Cómo olvidar su ingreso a la Benemérita Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, los homenajes que le tributaron en la Asociación Nacional de Ingenieros de Minas –que presidió en al menos dos periodos–, el que le rindió mi generación de Abogados en la Universidad Autónoma de Hidalgo –en marzo de este mismo año–, la imposición de su nombre a un aula en la Universidad Iberomexicana de Hidalgo, de la que fue catedrático fundador y hace apenas unos días el reconocimiento a su trayectoria como minero y como abogado, formulada en sesión solemne de la Academia Hidalguense de la Historia, celebrada en el teatro Guillermo Romo de Vivar. Evoco también su imagen en cierto modo paternal, durante nuestros años de preparatoria, cuando llamaba a la alegre tropa estudiantil antes de acudir a una fiesta, para darnos el último toque de gallardía, que era verter unas gotas de perfume tras la solapa y arreglar el nudo de la corbata, no sin antes haber solicitado buen comportamiento a todos. Así, como su carácter y su forma de trabajo, fue también su vida. Hombre de exaltadas virtudes, poseía una que sobresalía por encima de las otras: el orden, que llevaba su conducta a exigirse y exigir a los demás, tener cada cosa en su lugar siempre, así era su estudio, un gran escritorio de madera sobre el que se encontraban debidamente acomodados todos sus instrumentos de trabajo, hojas, lápices, plumas, gomas, engrapadora, etcétera y así también su biblioteca, donde permanecían puntualmente registrados por tema, los libros de su uso cotidiano y aquellos de consulta esporádica, al entrar en aquella habitación sobrecogía la manera ortodoxa y hasta cierto punto dogmática en que se encontraba todo. En este contexto de ideas puede explicarse el cómo pudo a la vez en aquellos años –los sesenta– impartir clases en las Escuelas de Derecho e Ingeniería Industrial en la Universidad Autónoma de Hidalgo, en la facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional Autónoma de México y desempeñarse como Director General del Registro Nacional de Minería. En México, decía Jorge Leipen Garay, alto funcionario en el ramo de minería del gobierno federal 1970-1982 no hay quien sepa más de Derecho Minero, que Jesús Corrales González, calificación que le fue reconocida por quienes continuaron en la responsabilidad que dejó tras cerca de 30 años de trabajo. Aún recuerdo mis largas charlas en su casa cuando me empeñé en escribir a la luz de nueva documentación hallada en el Archivo Histórico del Poder Judicial del Estado, la biografía de Bartolomé de Medina, el metalurgista que practicó por primera vez su sistema de amalgamación en Pachuca en 1554, con parsimonia y gran sabiduría logró enseñarme la diferencia entre minería y metalurgia, así como las dificultades que enfrentan ambas actividades. Mucho debe el Derecho Minero moderno a Jesús Corrales González, uno de los pocos especialistas que conjugó en su persona al minero y al jurista, condición que le permitió alimentar a la norma con la experiencia del trabajo metalúrgico y hacer que este, quedara debidamente enmarcado en los distintos cuerpos normativos especializados. Su muerte es una irreparable pérdida, para Hidalgo, para Guanajuato, para México, entidades todas que le adeudan un merecido homenaje y reconocimiento. www.cronistadehidalgo.com.mx Pachuca Tlahuelilpan, diciembre 2015.

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