Ya viene la Feria

Los integrantes de mi generación, vimos siempre en la celebración de la Feria de San Francisco, una magnífica oportunidad de divertimiento, de modo que tras concluir las fiestas patrias, esperábamos entusiasmados la llegada del 4 de octubre, fecha culminante de esa festividad, que daba inicio desde el último día de septiembre y se prolongaba hasta por ahí del 6 o 7 del mes siguiente.
Su celebración tendía de puestos semifijos, carpas y juegos mecánicos las dos últimas calles de Hidalgo, las que rodean al Parque Hidalgo y los andadores de ese amplio espacio de jardines y frondosos árboles. A lo largo de aquellas calles podían encontrarse, puestos de antojitos, tales como chalupas, pambazos, enchiladas, tamales encuerados, alrededor de los cuales se expedían cervezas, refrescos y aguas frescas.
Algo que llamaba mucho la atención, era la venta o remate de frazadas, cobijas, colchas y otros enseres de cama, que eran muy vendidos pues estaban ya por llegar los días de intensos fríos. Era curioso escuchar la manera en la que los merolicos vendían aquellos textiles, “Pasele mire… le estamos vendiendo esta magnífica colcha, acompañada de un par de sábanas y mire por el mismo precio le agregamos esta gruesa cobija y a ver tu muchacho échame ese zarape y se lo agregamos y yo mire usted, yo le regalo esta otra cobija y todo por el mismo precio” y toda esta retahíla era rubricada con otro ofrecimiento, no me pague 300 ni 200, deme tan solo 180 pesos y no 180, deme tan solo 150 y ahí le va, quien quiere otra igual y la gente se arremolinaba frente a la caja del camión que expendía estos productos.
A lo lejos se escuchaba, el cantador de la lotería, que antojaba con sus dichos a participar en las rifas de productos de plástico tales como platos, vasos o charolas, que el jugador ganaría al llenar el cartón de 12 figuras, anunciadas con ocurrentes frases, como aquellas de “Laaa Cobija de los pobres….El sol…… Laaa calaca tilíca y flaca…. La muerte…….. Laaa de las siete puntas…la estrella” concluía cuando alguno de los participantes coreaba al haber agotado las que tenía en su cartón y debería gritar la palabra “Lotería” así se detenía el juego para comprobar el llenado de acuerdo a las cartas cantadas por el gritón.
En otra sección podía escucharse como se invitaba a los asistentes a ver a la “mujer barbuda” o al niño de dos cabezas, así como a un hombre que convivía con serpientes o arácnidos, que despertaban la curiosidad y hasta el morbo para verlos. La feria era una suerte de sonidos, colores y aromas y sabores que se mezclaban con extraordinarias vertiginosidad. Como no recordar al vendedor de algodones de azúcar, blancos, azules o rosas, la expendedora de buñuelos bañados de miel, los vendedores de cocadas, charamuscas, trompadas y otros deliciosos dulces.
Para los niños, la feria traía consigo a los vendedores de soldaditos de plomo, muñecas de sololoy –corrupción de la palabra celuloide– baleros, trompos y figuritas hechas de madera, pelotas de vistosos colores, pequeñísimas alacenas llenas de platos y cacerolas de barro y en fin todo un mundo de entretenimiento para los peques.
Todo ello tras haber acudido al templo, repleto de feligreses que asistían a dar gracias al santo patrono de Pachuca, San Francisco de Asís, por los beneficios derivados de las buenas cosechas, entonces acabadas de levantar, por ello el día 4 de octubre por la noche se quemaban castillos de colorida pirotécnica, seguidos de cohetes que estallaban dejando caudales de luces en el cielo de Pachuca. El poeta actopense Genaro Guzmán Mayer recrea así aquel recuerdo:
Gris en tul de vampiresa
está la noche de circo,
juegan maromeros cohetes
en el trapecio del limbo
–noche azul de pirotecnia.
La Feria de San Francisco–
Más adelante, el poeta que vivió con nosotros aquellos días recuerda con vehemencia:
La rueda de la fortuna
de un relámpago amarillo
hace un trazo de canario
en una jaula de gritos.

Y termina, con clara alusión a la venta de pulque en algunos puestos que era lo que la feria traía para los grandes
Olor a pólvora queda
en “la queda” del olvido,
la luna antes tejedora
recogió lino y ovillo
y un montón de hojas de elote
en los baches del camino
van marcando en el silencio
recuerdos en el oído;
complejos para la carne
en sedantes al espíritu
y allá a lo lejos, si acaso
una ruidola sin ruido
una palomilla beoda
y “curados” de don “Güicho”

Muchos recuerdos traerá para los pachuqueños de ayer la Feria de San Francisco, la llamada hoy feria del atrio, llena de tradiciones y costumbres de tiempos que hoy son solo motivo de añorados recuerdos.

Pie de foto: Imagen del artista plástico Enrique Garnica con motivo de la feria de 1987.

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Pachuca Tlahuelilpan, Septiembre 2015.

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